Libros, ensayos, música

¿Cuál es el precio de mis errores? El que yo le dé. El que yo decida que es. No hay una demanda o un mercado para mis errores, en el que fuerzas cósmicas, terrenales o banales le asignan un valor. Hay una oferta no menor, eso sí. De eso, que a nadie le queden dudas.

Quiero convencerme, realmente creer, que no existe una demanda por ellos. Hay un consumo. Sí. Pero no porque los gastalones los hayan incorporado a su dieta o a sus deseos. Es sólo porque los tienen enfrente, que los ingieren. No necesitan saber quién soy o que existo para que se los disfruten. No se nutren, eso también es cierto. No sé bien cuántos clientes tengo. Y aunque el ruido es fuerte, hoy sospecho que su cantidad es mucho, mucho menor a la que hace tiempo suponía.

No respondí la pregunta. ¿Cuál es el precio de mis errores? ¿Por qué el que yo le asigne? Porque soy yo el tendero de mi propia tienda a la que nadie asiste para comprar. Soy yo el que tiene la etiquetadora en la mano. Y no veo a qué le pongo la pegatina ni con qué precio. Distraído de dónde la pone y sin fijarse en la cifra. Si es reciente o vieja la cifra. Si es grande o pequeña la mercancía. (No suele ser chica.) Y, ¿por qué? Por miedo. ¿A qué? Si me detengo y pienso, no sé. Entonces, ¿por qué no abrir los ojos, detenerme, ver el precio que le voy a pegar? Primero que nada, la pausa. Más bien, la falta de. Por inercia. Porque siempre lo hice así. Porque así me lo enseñaron… Y, ¿luego? ¿Está esto bien? ¿Es correcto? Tal vez no… hace poco comencé a dudarlo.

El tendero se detiene. Se quita la venda, los lentes oscuros. Abre los ojos. Abre el cajón. Saca el estuche. Lo abre. Se pone los lentes de ver. Acerca su mano derecha. Acerca su mano izquierda. Voltea a ver la etiquetadora y el precio marcado. Voltea su mirada a la otra mano, la que carga al error. Lo mira fijamente. Se da cuenta cuál de los errores es el serio. Es que nunca debió de sostener a ninguno de los dos. No sólo no asignarle un precio -y menos, uno tan alto. No tiene por qué ponerle un precio. Tampoco exhibirlo. No debe esconderlo. Much menos, aferrase.

Ahora que ya ve y que ve bien, guárdelo, señor, en el cajón. No necesita etiquetarlo. Que no se le olvide que sí puede ver. Y que no tiene usted algún compromiso con la etiquetadora. Vaya, ni con los clientes. Porque, aunque no lo crea, esto no es una tienda. No hay vitrina con mercancía para exhibir. A nadie realmente le interesa; sólo a mí me preocupa. Es sólo una distracción para no ver las etiquetadoras que traen ellos en las manos, en sus no-tiendas.

Qué bueno que lo hiciste. Esta vez. Ojalá que no lo olvides. Y que pronto, muy pronto, lo repitas.

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