Libros, ensayos, música

La traducción era incorrecta, y todos lo sabíamos. También sabíamos que hay pocas oportunidades como esta. Años, años pasé soñándolo. Estudiando sin parar en Jena y en Tubinga. Cómo tener en mis manos una joya como esta. Sólo los libros mueven la más lenta y devastadora revolución.

No hay acuerdo, todos divergen en opiniones sobre su existencia y su permanencia en este mundo. Lo veo y me pregunto cómo pudo haber llegado a mis manos, perdurado. Tanta discusión y todos, lo admitan o no, tienen la misma partida. Arenas movedizas. Suposiciones que parecen lógicas, supuestos. Ya me lo dijo el profesor, ninguno es dueño de la verdad y, vaya, ni siquiera de la suya. Te van a hablar, te van a platicar y, te des cuenta o no, te van a convencer. Regresa. No escuches a las sirenas. No vayas. Amárrate al mástil. Tu ancla. Pon atención a tus manos y recuerda que al fin lo puedes leer.

Probablemente fue bello. Ya se ve desvencijado. Tantos años pasaron, que parece que le pasó una estampida por encima. Una estampida larga, muy larga, sin tregua. Aunque poco era lo que quedaba, era oro molido. Oro molido porque todo estaba puesto para que pereciera. Una mano tras otra lo marcó. La grasa de la piel, la mugre, el polvo. Al final todos destruyen. Ácidos que corroen hasta la última migaja.

Y esta no era la versión original. No está en griego. Está en latín. En un latín feo. Muy vulgar. Lleno de palabrejas inventadas. Inventadas para rellenar las que, seguramente, el traductor desconocía. Pudo haber venido del árabe. Tal vez estuvo en Sevilla. En algún momento visitó Tesalónica, donde muchos años estuvo sentado en la repisa de un mercader judío. Y de su hijo. Y del hijo de su hijo. Tal vez alguno de ellos sabía que era la obra del Maestro. Tal vez lo atesoraron como un tesoro único e improbable. Lo escondieron como el que quiere que nadie lo conozca. Que nadie lo conozca para no correr el riesgo de que lo roben. O de que lo maltraten.

Pudo haber estado en Bagdad, donde los escolásticos lo consultaban y se volvían felices. Y ahí mismo el sultán lo presumía a los embajadores. Cairo, Fes, Cartagena y Granada. En ese camino se impregnó de olor a azahar, canela y pimienta. Y fue en Braga donde se tradujo a ese latín tan feo. Tanto ir y venir, tantas manos, tantas copias, varios idiomas. Y las notas de naranjo y azafrán se aferraban a las letras, como se aferran los guisos largos y laboriosos a las fiestas más devotas. Y en Braga pudo haber sido donde el texto se mantuvo durante demasiado tiempo hasta abajo de la pila de papiros. De varias generaciones de copistas que no se daban abasto para cultivar, comerciar, erigir monasterios y copiar y copiar textos bellos. Todos con esa primera letra del íncipit grande y garigoleada. Y miniaturas. Siempre con miniaturas.

Me cuesta trabajo imaginar el camino entre esa pila de papiros y su llegada a Colonia, entre jarras de aceite y vino. Cómo pudo haberse salvado de Granada. En fin. Hoy es el día cuando todas las hogueras arden. Arden no para eliminar tinta, sino para silenciar voces. Entonces lo arrojé. Pensé, ¿qué más da, si ya estaba destinado a arder? Además, la traducción era incorrecta, y todos lo sabíamos.

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