Libros, ensayos, música

Platicábamos. Lo escuchaba. En verdad le estaba poniendo atención. Era una buena conversación, interesante. Intercambiábamos puntos de vista. Para algunos podía ser un tema escabroso, controversial. Aunque no compartíamos posturas, sus puntos estaban tan bien estructurados, que me hacía dudar. Pero eran esas dudas que valen la pena tener. Era tan convincente y tan sutil que quería seguir escuchándolo. Tengo la sensación que él sentía lo mismo. Hasta que, de repente, lo noté. No pude dejar de verlo. Quise de mi cara ocultar la expresión. No estoy seguro de haberlo logrado. Aunque tan, tan rápido lo noté, que es posible que no se diera cuenta. Al menos no en ese momento. En el fondo no lo creo.

Después me perdí.

Ya no podía ponerle atención; al menos no tan profundamente como antes. Ya no estaba inmerso. Y ya sólo preguntándome cómo pudo haber llegado eso ahí. Y cómo él no lo notaba. Los colores brillaban tornasol. Era hermoso, muy bello. Pero no era el lugar en que debía estar. En fin, redoblé esfuerzos y traté de volver a poner atención. Ya no tan profundo como antes (ahora estaba dividido), pero al menos ya otra vez lo escuchaba. Tal vez él fingió mejor la ausencia de sensación que yo de extrañeza.

De repente eso se fue volando, volando alto en el cielo. Noté que seguía brillando, brillando tornasol, azulado y verdoso. Cuando se apartó de mi vista regresé la mirada a la suya, pero ya era tarde y la consecuencia de mi distracción irremediable.

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