Estaba concentrado hasta que un reclamo chillante penetró por mis tímpanos. Entró como un taladro con la broca más angosta. Fue veloz y certero, casi como suena una cría que están cazando. Así lo sentí en ese momento. Después silencio. Una pausa. No sé qué sonido fue. De dónde salió, ni cómo llegó.
La pausa fue de mis labores, del trabajo, de los latidos y de mi respiración. No fue larga. Pero sentí una eternidad. En ese mismo instante pensé en pararme de la silla, buscarlo, frenarlo. Y en ese mismo instante supe que no era necesario, que no lo ameritaba. Aprendí que nada merece ser atendido con prontitud. Esa pausa y ese latido omitido son la única oportunidad que he tenido de aprender mi lección: aprender que debo olvidar.

Deja un comentario