Sólo había una regla y era la segunda vez que ella la rompía. No podía voltear y lo volvió a hacer. Tuvo que volver a tomar.
Los conocía de años, desde primaria. Habían sido amigos casi desde que ella tenía memoria. Mariana la más cercana. Ese grupo nunca fue el de los más guapos, más populares o extrovertidos. Eran bastante ñoños, la verdad. Sus intereses eran raros y sus conversaciones confusas para los demás. Pero ella estaba tranquila cuando estaban juntos. Era un oasis en el remolino de su vida. Cuando estaba en su casa, lo único que quería era estar con ellos. Y cuando estaba con ellos, no deseaba otra cosa que no volver a su casa.
Sólo había una regla y era la segunda vez que ella la rompía. Y ella tuvo que tomar más que todos. Mucho más. Hasta que se quedó dormida. ¡No mames, que se durmió! Se moría de ganas de ir a la fiesta. Despiértala. Muévela. Qué mensa está, se la va a perder. Tantas ganas que tenía. La zarandearon. Le echaron agua en la cara. Le abrieron los ojos con los dedos. Nada. Mariana les dijo que las llevaran a su casa y ella se quedaba con ella. No se preocupen; yo la cuido. Nadie estaba seguro de por qué tenía tantas ganas de ir, pero como fuera se la perdía.
Eran tres niños y cuatro niñas. Nunca se gustaron entre ellos, por más que más de uno intentó tirarle a onda a más de una. Esas miradas encubiertas se volvieron carcajadas de las que, cada vez que se acordaban, se burlaban. ¡Estás bien pendejo, güey! Las que les gustaban y los que les gustaban estaban afuera. Eran los imposibles. Los inalcanzables. Y, por más que criticaran a esos de allá, en el fondo cada uno quería tener una velita prendida. Una flamita, una llamita de esperanza que nomás no prendía.
Y así le hicieron. Las llevaron a casa de Mariana y Mariana la cuidó. La llevó al baño a vomitar dos veces. Le salpicó sus pantuflas de felpa, las favoritas. Prefirió tirarlas que limpiarlas.
Jorge no llegó tampoco a la fiesta. Ella pensaba que, si iba y la veía en la fiesta, Jorge no la hubiera notado. Él también tomó hasta vomitar. Y por eso tampoco llegó.
Cuando se sentaron juntos en el salón, los dos se vieron a los ojos. Los dos bajaron la mirada con un dejo de vergüenza. Los dos habían dicho el viernes pasado que irían a la misma fiesta. Ella se había prometido no hablar con Jorge. Sabía que nunca le iba a hacer caso. Lo cierto es que podía no estar en lo cierto. Aun así, se había prometido no hablar con él. Sólo había una regla que ella se había puesto y era la segunda vez que la rompía.

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